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La Coctelera

Creeps

Segunda estancia

17 Junio 2006

El Anillo de mi Padre

Pasaba la segunda mitad de la década de los 80’s. Mi padre tenía a su servicio, muchos empleados, entre ellos secretarias, asesora del hogar, un chofer y un júnior, por ponerle un nombre, mas bien hacía de todo, desde ir a comprar hasta recolectar hierbas medicinales.
Este niño, por unos días, se ausentó de trabajar con mi padre para asistir a una faena que estaba haciendo excavaciones a la entrada de salamanca para construir ahí una población. Una tarde apareció repentinamente para ver a mi padre, traía algo que mostrarle.
Mi padre lo atendió en su “laboratorio”, un lugar donde se trabajaba elaborando y dosificando los distintos ingredientes para preparar los tratamientos para la piel. Javier, que así se llamaba el niño, le contó que en una excavación habían aparecido restos de lo que podía ser una especie de cementerio, encontraron muchas cosas antiguas, monedas de oro y otras cosas que según Javier, se repartieron el operador de la máquina y él.
Entre esas cosas estaba un anillo, hecho de oro muy antiguo, destacaba una enorme y sobresaliente calavera, a su lado estaban grabadas 4 cruces, 2 a cada lado. Era un anillo impresionante.
Mi padre al probárselo se le quedó atascado, costó mucho trabajo retirarlo del dedo.
A Javier no le interesaba el anillo, así que mi padre se lo compró en 5.000 pesos, cifra que en ese tiempo era alta.

Así comenzaron los días le anillo, para mi padre el anillo semejaba al que usaba un personaje de comics, “el fantasma” y su enigmático anillo, que cuando golpeaba dejaba la marca de la calavera, la marca del fantasma.

Movido por esta última idea, yo era el más entusiasta con el anillo, deseaba “ser grande” para poder usarlo. Pero las opiniones sobre el anillo eran diversas y no todas eran tan alegres como la mía.
A mis tías no les gustó el diseño aterrador del anillo. Suponían que pertenecía a un brujo malo enterrado en esas tierras. Pero ninguna teoría lograba desmerecer la importancia de aquel anillo.
Yo estaba fascinado y mi idea era de llevarlo a la escuela, estaba seguro que infundiría respeto a mis compañeros y por fin sería alguien importante a quien temieran por su poder… Obviamente eso nunca ocurrió.

Pasaron los días y el anillo empezó a cobrar “vida”, si bien es cierto el anillo se suponía de un brujo, al pasar los días esta teoría empezó a tomar mas sentido. El anillo empezó a hacer sentir a mi padre un tanto diferente, se sentía con más decisión, con más fuerza, con más “poder”.
Para ese entonces y como dije más arriba, mi padre tenía un chofer particular. El auto, si bien no era del año, era imponente para su época. La “limusina” lo llamaba la gente con diferentes tonos, unos de burla y otro de admiración.

Las cosas en la casa andaban mejor que nunca, habían pacientes que atender todos los días y la situación económica era bastante buena, demasiado para mi parecer infantil ya que lo único que yo quería era que no estuvieran tan ocupados y que no hubiera tanta gente. Me traumaba el hecho de que no podía jugar porque si bien es claro, el único niño en esa casa era yo… y me avergonzaba de ello.
Como decía, las cosas iban bien, había auto en la puerta de la casa y mucha gente. Unos primos que llegaban de México le trajeron a mi padre un sombrero de una fibra especial, creo que vegetal. El sombrero lo cautivó porque le recordaba a un personaje de una serie de TV que a él le encantaba; el malvado “J. R.” en “Dallas”.
Así con todo eso, mi padre era como un magnate salamanquino, al menos esa impresión daba (y le encantaba dar esa impresión).

El anillo jugaba a su favor, era como que aumentaba los deseos de él. Era como si rodeara a su portador de cierta energía que lo hacía ser importante.
Mi padre no pasaba desapercibido en ninguna parte, ni él, ni su sombrero ni su auto.
Pero tampoco pasaba desapercibido en anillo. Las opiniones en contra de su presencia aumentaban cada día.

El anillo, ¿era bueno?, ¿era malo? o tal vez ¿satánico? Eran las interrogantes más comunes. Para mí era “Mágico”

Una tarde en esas idas a la parcela, mi papá perdió el anillo, creía que lo había abandonado al interior de la mediagua que existía en la parcela de “El Consuelo”. Lo buscó incesantemente y el anillo no aparecía, creo que incluso regresó a la parcela en su búsqueda pero no lo encontró. Yo por mi parte me mantuve todo el tiempo en la pieza que compartíamos con mi padre. Él llegó casi al atardecer dándose por vencido. Pero su sorpresa fue enorme al descubrir el anillo sobre el televisor, yo estuve toda la tarde mirando TV y el anillo no estaba, hasta ese momento. La sorpresa fue para ambos. Yo vi salir a mi padre en la mañana con el anillo en su dedo.
Para mi tía el anillo era algo que asustaba y más por el hecho de que se desconocía su procedencia. Se consultó a mucha gente y siempre concluían en el mismo punto, el anillo era de un brujo, era algo malo.

Mi padre alardeaba que hasta su magnetismo hacia las mujeres había aumentado, me decía que tenía casi hechizada a una niña que atendía el almacén “El Paleta”, actual Santa Paulina. Decía que la tenía hipnotizada.
Mientras más sabía del anillo más me gustaba y quería tenerlo
Recuerdo que cuando lo ponía en mis dedos quedaba un espacio en donde cabían dos o tres dedos más. Si bien mis manos siempre han sido pequeñas, la diferencia del anillo era disparatada.

Todo iba bien para mi padre, su suerte, su dinero, sus trámites.
Y por trámites viajó a Santiago, para ser mas exacto, viajó para cambiar sus lentes de contacto que ya no daban más pero que le habían mantenido su vista por más de 20 años.
El trámite fue un éxito, yo lo vi llegar de santiago triunfante con “vista nueva”. Sin duda fueron los mejores años.
Los nuevos lentes de contacto eran geniales y mi papá podía ver sin problemas.

Todo giraba en torno al anillo. Pero no todo siempre es bueno.

Mi familia fue siempre muy creyente de lo sobrenatural, de “las cosas malas”, de los “ondazos” que llegaban a suerte de maldición. De las “rociadas nocturnas”, por algo jamás se dejaba ropa tendida después de la puesta de sol. Todo en la casa se basaba en “el bien y el mal”.
Y en esas “rociadas” u “ondazos” que se suponían eran enviados por nuestros enemigos, gente envidiosa que ataca en vez de intentar “tener”, fue que mis tías supieron de unas señoras que tenían su fama en curar enfermedades y “sacar males”.
Nosotros desde que yo tenía conciencia, habíamos confiado en un “brujo” muy conocido en Salamanca, el cual no pondré su nombre acá por motivos que puedo explicar mas adelante. El asunto es que no sé porqué razón mis tías dejaron de confiar en él y buscaron alternativas. Como las de estas señoras.

Estas señoras atendían en un pueblo entrando en la quinta región. Así que para ir allá había que ir en vehículo particular.
Eso no era problema para las “señoritas Palma”, tenían un conocido que arrendaba su taxi con el servicio de transporte. Así se armó el funesto viaje.

Los motivos que implican el porqué no se usó la “limusina” escapan a mi memoria, si es que alguna vez supe de aquellos motivos.
En mi infancia hubieron muchas cosas que no logré entender y aún ahora pese a mi edad, carecen de sentido ya que desconozco los detalles.
El asunto es que iríamos en un taxi arrendado a esa ciudad.

Cuando me mencionaron aquel viaje yo no entendía el porqué querían llevarme. Algo me detenía aquí.
Para ese entonces yo sufría de una enfermedad intestinal, para ser mas específico en mi intestino grueso, algo inusual en un niño de 8 años, dependía de un remedio cada noche.
Aquella mañana era igual que todas las mañanas, mi enfermedad no me dejaba vivir, estaban todos listos para partir y yo no podía dar paso fuera, les pedí que se fueran sin mi, pero no me hicieron caso. Al cabo de unos minutos íbamos de viaje a l sur.
Casi al medio día llegamos a destino, los mareos de que fui víctima en la infernal “cuesta cavilolén” ya se habían calmado. Ahora quedaba el misterio de nuestra visita.
Al cabo de unas horas de espera entre los demás “pacientes” nos atendieron, a cada uno incluyéndome. Me pusieron sobre una camilla e intentaron examinarme el estómago, eran unas señoras muy amables según recuerdo. Mi reacción fue refleja, mi estómago dio un brinco, cosa muy natural en mí ya que ni yo mismo podía tocarme el estómago, era algo así como si me diera la corriente.
Poco a poco me fui calmando y mi estómago también, luego de un rato y de extraños movimientos de manos y puños sobre mi estómago, me dio el diagnóstico; hígado inflamado y algo atascado en mi intestino que causaba todas mis molestias.
Mi reacción no fue de sorpresa si no de llanto, salí llorando del lugar y me fui al auto a conversar con el chofer del taxi.
Las visitas a esas señoras se repitieron en varias ocasiones.
En una de esas ocasiones fue cuando me “soltaron” esa cosa atascada y lo recuerdo muy bien porque sufrí bastante en esos días.
El asunto es que me mejoré de ese problema.

El hecho de mejorarme me hizo ganar confianza en esas señoras… hasta que salió el tema del anillo.
Mi tía consultó que qué significaba aquel anillo y yo estúpidamente me adherí al asunto. Igual me interesaba saber más sobre aquel anillo.
La señora dijo que tenía que estudiarlo, así que pidió que se lo dejáramos por una semana.

Al cabo de esa semana volvimos para saber el resultado, pero lo que obtuvimos por respuesta solo fueron negativas. Escuché que a cierta persona que se había probado el anillo. Se le había adormecido todo el brazo y que costó mucho regresarlo a la normalidad. El resto de las cosas no las escuché.
El viaje había derrumbado cualquier esperanza.

Nos regresamos con el anillo, el viaje parecía normal. Pero algo lo opacó todo.
Un proyectil se vino a estrellar contra el parabrisas del taxi, impulsado por el neumático de un vehículo que venía en sentido contrario.
El efecto que causó la piedra en el parabrisas fue caótico, se trizó por completo pero no se cayó.
La decisión del chofer fue continuar con el parabrisas trizado. Pero al cabo de unos kilómetros y por la fuerza del viento, comenzaron a caer pedazos dejando hoyos por donde volaban trozos diminutos de vidrios.
El viaje dejó de ser viaje para convertirse en tragedia.

La idea de todos a bordo era de parar en una bomba de servicio y botar todo el parabrisas para evitar así el daño que podían producir los pedazos de vidrio volando por el interior del auto. Pero el dueño se negó como queriendo salvar el destrozado parabrisas.

El regreso fue digno de una película de terror, vidrios por todos lados, todos nosotros con los ojos vendados y escondidos detrás de los asientos, sintiendo el viento furioso entrar sin obstáculo por golpearnos en la cara.

Como en todo caso de terror, la noche nos había alcanzado.
Recuerdo sentir el sonido de risas burlescas alrededor cuando pasábamos cerca de poblados. Esas risas me marcaron.

Cuando por fin habíamos llegado se había terminado todo… para mal

Mi padre al ver toda la tragedia causada y las frases desalentadoras de esa señora, sólo tuvo un culpable: El Anillo.
Culpó al anillo de toda la tragedia y sin consultarle a nadie, en aquella bomba de bencina en la ruta 5, envolvió el anillo en un papel y lo arrojó al basurero…

El dolor que causa escribir todo esto no cabe en ninguna palabra, no hay comparación ya que todo se vino abajo desde entonces.
La suerte y todo el poder que rodeaba a mi padre se esfumó. Todo se convirtió en un avión en picada.

Quedaba una visita a esas señoras. Mi padre le contó lo ocurrido, y cuando le dijo lo que hizo con el anillo la señora le dijo:

“Botó su suerte”

No cabía duda, mi padre dejó de existir aquel día. Todo su mundo se venía abajo.

Y así fue, como castigo o quién sabe qué, todo comenzó a ir mal.
Su visita a control a la óptica fue un fracaso, le cambiaron los lentes y los que le dieron terminaron dañando su vista. Se le venía la ceguera encima.
Por plata tuvo que vender el auto a un hermano, mi tío Santiago que lo usaría para vender plantas. Todo se fue en quiebra para mi padre.

Las cosas en la casa se dividieron, hubo muchas peleas y disgustos entre mis tías y mi padre. Yo era una pelota de tenis entre ellos.

Comenzaron así los 90’s, con menos poder y con una demarcada decadencia.
Nunca volvió a ser lo mismo en la casa de la esquina que muchas veces salió en los diarios con la foto de los “hermanos Palma”. Nunca nada fue igual, ni para la casa ni para ellos.

Mi padre tomó la determinación de irse, y yo lo seguí, estaba harto de ser “el niñito en casa de ricos”, así que me fui a vivir al campo, en la parcela con mi papá.

De ahí en adelante todo fue decadencia para mi padre, al cabo de unos años perdió la total visión de un ojo y la miopía en su otro ojo ya le impedía moverse con libertad.

El poder, el dinero, sólo eran recuerdos vagos… pero no la imagen del anillo.
Yo recordaba los detalles del diseño.

Se mandaron a hacer prototipos a un joyero de la zona.
El resultado no fue óptimo, pero al menos se le parecía.

Yo no me quedé fuera y pedí el mío, a todo esto ya éramos amigos con el joyero. Mi copia sería de monedas de plata antiguas.
Cuando lo vi terminado supe que no era idéntico, pero su calavera y sus 4 cruces estaban en el lugar correcto.
Desde ese día ese anillo es parte de mí.

De toda esta historia sólo quedan 2 copias baratas hechas en plata (hubo una 3ª copia pero se extravió) copias que aún se conservan en el presente.

El anillo de mi padre, ¿bendición?, ¿maldición? Como final de novela barata, Uds. deciden.

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